¡¡Quien diría que algunas veces el recuerdo menos esperado está a la vuelta de casa!! Así me sucedió en la tarea de recopilar aquellos hermosos momentos de mi paso por nuestro querido Gymnasium. Solo caminé unas pocas cuadras, serían tres o cuatro. Y allí lo encontré, en una apacible tarde de invierno, sentado en una silla a la vera de su casa, a Don Daert. ¿Pero quién era este personaje? Nada menos que el chofer del ómnibus de la Universidad, que nos condujo en nuestra gira de egresados. Ya anciano, le costó mucho recordarme, pero su estirpe criolla, de hombre callado y concentrado, parecía mantenerse intacta. Estas cualidades, junto a la actitud picaresca y extravertida del Maesse Bru, hacían de ellos la pareja imbatible que nos esforzábamos en ganar en memorables partidos de truco, en los altos de nuestro viaje.
Año: 1962. Nuestra meta: La Quiaca. Elegimos una ruta inusual y difícil para esa época, sobre todo por el mal estado de los caminos. Ir por Tafí del Valle, Animaná, Cachi, bajar al Valle de Lerma por la Cuesta del Obispo para llegar a Salta, no era lo más apropiado. Recuerdo que para llegar a Cachi, tuvimos que sortear algunos arroyuelos que cortaban el camino y Don Daert, diligentemente, nos indicaba como rellenar la huella con piedras y lajas, para que pudiera cruzar el ómnibus. Llegar a Cachi nos causaba inquietud y curiosidad; era el lugar remoto de inspiración del “Tío” Santos Legname para concebir sus mejores cuadros. Muchos veranos estuvo como huésped, tal vez inspirado por el follaje verde, de un verde que lo apasionaba, de los saúcos del lugar y la majestuosidad de las montañas.

Pero el recuerdo más fuerte que nos dejó Don Daert, fue sin dudas al regreso, una vez cumplida nuestra meta de alcanzar La Quiaca. Llegamos al complejo Altos Hornos Zapla, en Palpalá, primer centro siderúrgico del país, para pasar nuestros últimos días de gira. Apenas transcurrido uno o dos días, recibimos la triste noticia del fallecimiento de la mamá de Emilio Forté. Presuroso, y acompañado por Eduardo Fajre, emprendió un rápido retorno. El grupo quedó consternado y decidimos suspender el resto de la gira. Comenzamos casi de inmediato el retorno para acompañar a Emilio en ese difícil trance. El ómnibus enfiló normalmente por una larga recta con una fuerte pendiente entre laderas. Con la serenidad que lo caracterizaba, Don Daert, de forma enérgica y sorpresiva, nos ordenó que pasáramos al lado izquierdo del ómnibus. Es que se había quedado sin frenos y solo atinaba a detenerlo de la mejor manera. Su precaución de dejar vacíos los asientos del lado derecho le daba la posibilidad de poder frenar el ómnibus apelando al choque lateral contra la ladera del cerro, sin que nadie saliera herido.
Hoy a la distancia, podemos expresar que debido a esa imagen de seguridad paternal que nos infundía Don Daert, nunca entramos en pánico a pesar del enorme ruido y la inminencia del cruce perpendicular con la ruta principal. Bajamos casi sin palabras, asustados, pero el temple de nuestro amigo inmediatamente lo puso en papel de mecánico. Revisó los frenos y aplicó una solución casi mágica: selló con una pinza la tubería dañada, y agregamos alcohol en reemplazo del líquido de frenos perdido. Así pudimos llegar a un taller para solucionar definitivamente el problema. Arribamos a Tucumán al anochecer, y pudimos cumplir con nuestro deseo de estar junto a Emilio.
Ninguno de nosotros volvió a saber nunca más de él. Por ello creo hacer justicia al recordarlo de la mejor manera. Apelando a nuestra imaginación y sueños, a Don Daert lo recuerdo hoy como aquellos héroes de historietas, con la diferencia que esto ocurrió en la vida real.















